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viernes, 7 de noviembre de 2014

Puntadas de una espía española


Imagen que publicó la revista Cronopio 

Publicada en la edición 54 de la revista Cronopio (septiembre de 2014)


Puntadas de una espía española
El tiempo entre costuras
María Dueñas (2009)
Editorial Temas de hoy
475 páginas
Siempre me han gustado las novelas históricas. Es una posibilidad de aprender mientras hago lo que más me gusta: leer; y las disfruto mucho más cuando la narración está bien escrita, cuando se combinan escenarios, hechos y personajes reales con la ficción del escritor. Esta combinación me lleva a investigar y a descubrir sucesos, y si no fuera por el interés que me suscita el tema de este tipo de novelas, no me motivaría a profundizar en la historia verdadera. Fue lo que me sucedió cuando leí El hombre que amaba a los perros escrita por Leonardo Padura, (sobre Lev Davidovich Bronstein —León Trotsky—), El Imperio eres tú escrita por Javier Moro, (sobre Pedro I), ganadora del Premio Planeta 2011 y lo que intuyo que puedo encontrar en Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla, (sobreVladimir Maiakovski), ganadora de la Primera Bienal de Novela de Lima 2014.
La novela El tiempo entre costuras nos remonta a unos años antes de la Guerra Civil Española porque el personaje principal es una joven llamada Sira Quiroga nacida en Madrid en 1911. En esa época el rey era Alfonso XIII, quien nació siendo rey, pero asumió el poder a los 16 años, en mayo de 1902.
Desde las palabras con las que se inicia el primer párrafo («Una máquina de escribir reventó mi destino») percibí la historia de una mujer, pero nunca me imaginé que su narración me llevaría de Madrid al norte de África, a Tetuán y a Tánger, lugares alejados de nuestros intereses turísticos, en donde existió el Protectorado Español desde 1812 hasta 1956 cuando Marruecos logró su independencia; y a una breve pero intensa estadía en Lisboa.
La Guerra Civil Española ha suscitado innumerable bibliografía: textos históricos, novelas, cuentos, poemas… y esta novela, a pesar de que habla de la guerra, no es una narración bélica. Las amplias y bien logradas descripciones de cómo vivió la gente en España durante esa época y en Marruecos, cuyo ambiente exótico y cosmopolita reunió personas de varias nacionalidades (españoles, ingleses, alemanes, árabes…) se mezclan, en forma hilada, fluida y coherente con sentimientos profundos generados por el amor, el desamor, las traiciones, las aventuras, la corrupción, la intriga, el misterio, la ternura y el espionaje.
La infancia y la adolescencia de Sira Quiroga pasan rápido, solo nos deja clara su procedencia humilde pero cómoda y feliz, con las dificultades que vive una costurera asalariada para criar a su hija; y el aprendizaje que, desde los doce hasta los veinte años, tuvo en el negocio de una señora que cosía prendas excelentemente cortadas y cosidas para las señoras distinguidas de Madrid, en donde trabajaba la madre.
Esas circunstancias no le generaron, a Sira, grandes proyectos para el futuro. Por lo tanto, cuando tenía veinte años y recién se declaró la Segunda República Española (régimen político democrático que existió en España desde 1931 hasta 1939, fecha en la que terminó la Guerra Civil Española dando paso a la dictadura del general Francisco Franco) conoció a Ignacio y dos semanas después empezaron a hablar de matrimonio.
Pocos días antes de la boda, en vista de que la situación política española obligó a burgueses y a aristócratas a salir de la capital y en muchos casos del país, el taller, ante las dificultades económicas que vivía la sociedad, tuvo que despedir a todas las costureras. Ignacio le propuso a Sira ir a un almacén a comprar una máquina de escribir para que la aprendiera a manejar y acceder así a un cargo en el gobierno.
[…] Cómo podríamos ser conscientes de que con aquel acto tan simple, con el mero hecho
de avanzar dos o tres pasos y traspasar un umbral, estábamos firmando la sentencia de
muerte de nuestro futuro en común y torciendo las líneas del porvenir en forma
irremediable (Dueñas, 2009, p. 13).
La atracción desbocada que otro hombre le hizo sentir la lleva a conocer un tipo de vida; a cancelar el matrimonio, a independizarse de la madre, a visitar otros lugares de Madrid con sus locales sofisticados, los sitios de moda, los espectáculos, los restaurantes y la vida nocturna.
Las circunstancias posteriores (una gran herencia entregada por el padre, hasta ese momento desconocido, y un premeditado engaño) la llevaron, pocos meses antes del Golpe de Estado de 1936, a Tánger, una ciudad que se mantuvo siempre independiente, desde el punto de vista administrativo, del Protectorado español. Y allí fue como, también, Sira Quiroga aprendió que «en cualquier momento y sin causa aparente, todo aquello que creemos estable puede desajustarse, desviarse, torcer su rumbo y empezar a cambiar» (p.47).
Otro giro del destino, esta vez mucho más cruel, la lleva a la ciudad de Tetuán, capital del «Protectorado español en Marruecos». Allí, sola, abandonada, abrumada por unas deudas ajenas y con el riesgo de entrar en prisión, recibe el apoyo de una «matutera», quien descubre en ella sus grandes habilidades para la costura.
Con un dinero conseguido de forma oscura e ilegal, Candelaria, «la matutera», le ayuda a Sira a montar un taller de alta costura y ese oficio le permite establecer una relación de amistad con Rosalinda Fox, la amante de Juan Luis Beigbeder, ministro de Asuntos Exteriores durante la primera etapa del franquismo. Las reuniones frecuentes con ellos le dan la oportunidad de conocer a Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco, más conocido con el apodo de «Cuñadísimo», y al jefe de la inteligencia británica en España, Alan Hug Hillgarth. Tales personalidades llevan a Sira a forjar una nueva identidad y a comprometerse en una situación de espionaje en la que las telas, los diseños y la moda son la fachada que le permite enfrentar los peligros de su misión.
La evolución personal de Sira a lo largo de la novela es formidable. De aquella muchacha sencilla, dependiente y tradicional pasa, a través de errores y sufrimientos, a ser una mujer fuerte que asume firmemente las riendas de su vida y que luego de entregar el resultado de su trabajo piensa:
[…] En sus ojos había visto fraguarse una imagen distinta de mí: su fichaje más
temerario, la costurera inexperta de potencial prometedor, pero incierto, se le había
transformado de la noche a la mañana en alguien capaz de resolver cuestiones
escabrosas con el arrojo y el rendimiento de un profesional. Tal vez careciera de método
y me faltaran conocimientos técnicos; ni siquiera era una de los suyos por mi mundo, mi
patria y mi lengua. Pero había respondido con mucha más solvencia de lo esperado y eso
me ponía en una nueva posición en su escala.
 Tampoco era exactamente alegría lo que notaba clavado en los huesos mientras
los últimos rayos de sol acompañaban mis pasos de vuelta a casa. Ni entusiasmo, ni
emoción. Quizá la palabra que mejor encajara en el sentimiento que me invadía fuera
orgullo. Por primera vez en mucho tiempo, tal vez por primera vez en toda mi vida,
me sentía orgullosa de mí misma. Orgullosa de mis capacidades y de mi resistencia,
de haber superado airosamente las expectativas que sobre mí existían. Orgullosa al
saberme capaz de aportar un grano de arena para hacer de aquel mundo de locos un
sitio mejor. Orgullosa de la mujer que había llegado a ser. (pp. 451-452).

Esta novela, que encontré en la red, escrita en primera persona, tiene una secuencia temporal lineal, con algunas referencias al pasado, y un excelente manejo de los diálogos combinados con la narración de todas las situaciones, sensaciones y emociones que Sira vive en los diferentes lugares. El estilo poco común de describir los lugares, las personas y sus atuendos, las comidas y las costumbres motivan al lector a conocer y a aprender sobre Marruecos. La presentación de los personajes históricos con las reales características físicas, personales y emocionales reflejan una documentación e investigación exhaustiva que, combinados con la ficción, le dan una gran credibilidad a la historia.
La autora lleva de tal manera la historia que la atención no decae en ningún momento. En las 475 páginas, no encontré ningún bajón en el interés que me proporcionó la novela desde que la empecé a leer.
Luego de cuatro partes, de sesenta y nueve capítulos y de un resumen, María Dueñas nos presenta un epílogo en el que el lector tiene la posibilidad de acomodar el final, seleccionándolo de varias opciones y nos cuenta el desenlace de la vida de cada uno de los personajes reales. Finalmente, en dos páginas, la autora escribe unas notas en las cuales hace un reconocimiento a las fuentes que le permitieron escribir la parte histórica de la novela, de una manera rigurosa y detallada.
Por otro lado, la crítica que se hace a la adaptación cinematográfica de las novelas es, con frecuencia, negativa, porque preferimos dejar que sea nuestra imaginación la que recree las situaciones, pero hay algunas películas que nos han impactado tanto como la lectura. Es el caso de El niño con el pijama de rayas, novela escrita por John Boyne; la película fue dirigida por Mark Herman. Otro ejemplo es Soldados de Salamina, escrita por Javier Cercas, adaptada por el director de cine español David Trueba y estrenada en 2003. Cuando me enteré que la cadena de televisión española Antena 3 estaba presentando una miniserie, compuesta por once episodios, de la novela El tiempo entre costuras, la busqué en repetidas ocasiones, pero solo logré ver algunos avances de capítulos de dos o tres minutos cada uno. En ellos logré ver localizaciones reales, vestidos de la época y decorados muy bien tratados que me ayudaron a recrear mucho más la historia. Al terminar la serie, en octubre de 2013, Antena 3 consiguió el beneplácito del público español que consideró que fue el mejor estreno de la temporada y volvió a situar el libro como la obra más leída en el año 2012.
Más que la narración en sí y la superación personal de una mujer (Sira Quiroga), la lectura de esta historia me generó una especial admiración hacia la escritora María Dueñas. No es frecuente encontrar «una escritora tardía y de arranque súbito», como ella se cataloga, que logra que su primera novela, El tiempo entre costuras, haya vendido más de un millón de copias y haya sido traducida a más de veinte idiomas.
Es posible que su profesión, la filología, y su actividad permanente como docente universitaria le hayan proporcionado parte de los elementos que se requieren para escribir, pero hay otras condiciones específicas que utiliza tales como el ritmo, la acción permanente, la estructura en pequeños capítulos que terminan en situaciones intrigantes, la descripción de escenarios geográficos fascinantes, de personajes interesantes, tanto los reales como los ficticios, y el manejo de los diálogos, que consiguen desarrollar en el lector una cercanía afectiva con la narración. Todas estas condiciones me motivan a la lectura de su segunda novela Misión olvido.





viernes, 28 de marzo de 2014

Una okupa en Londres

Foto tomada de Internet

La buena terrorista
Doris   Lessing (2007)
Punto de lectura
519 páginas
El terrorismo es la forma agresiva en que responden los grupos opositores a un gobierno el cual con su aparato militar, político y económico les ha asestado duros golpes, por ello la única salida para atraer la atención de muchos sectores del campo nacional e internacional, es atacar los intereses nacionales sin importar cuales sean las consecuencias, generalmente la población civil que aparentemente no esta (sic) involucrada es afectada y todo grupo terrorista es automáticamente un violador de los Derechos humanos. [1]
Con esta definición y con la experiencia que nos ha dejado la violencia de todo tipo en Colombia, empecé a leer La buena terrorista. Inicialmente me llamó la atención el título porque denominar a una terrorista como «buena» me pareció que era un término incongruente, pero esperaba que una novela escrita por Doris Lessing, Premio Nobel 2007, me diera argumentos políticos importantes.
La novela se inicia con la descripción de una casa abandonada, de esas que están a punto de ser derribadas y que algunas personas ocupan por algún tiempo mientras llega un contratista a edificar un bloque de apartamentos y consigue «una buena tajada» por ese contrato. También, en esa primera hoja aparece el personaje principal, Alice Mellings, su compañero Jasper y un muchacho que encontraron al llegar a ese lugar en el que querían establecer su vivienda temporal.
En las primeras doscientas páginas, el tema principal es la recuperación de esa casa que tenía hasta los sanitarios tapados con cemento; por lo tanto, los excrementos dejados en cubos de plástico por sus antiguos ocupantes le impregnaron al lugar, especialmente al segundo piso, un olor repugnante que lo hacía invivible.
Alice, una mujer anarquista de treinta y seis años, acostumbrada a vivir en edificios abandonados, se dedicó a restaurar la casa y la convirtió en el cuartel general de un grupo de izquierda que pretendía aliarse al IRA. Esa transformación la realiza casi en contra de Jasper, un homosexual con quien lleva varios años de relación, pero que nunca tiene detalles de cariño, ni siquiera de amabilidad, con ella, a pesar de haberlo recibido durante cuatro años en la casa de su madre, en donde le fueron cubiertas todas sus necesidades de vivienda y alimentación, sin que él diera muestra de colaboración en ningún sentido. Por esa misma razón, la madre les pidió que se marcharan.
En poco tiempo Alice consiguió el permiso del Ayuntamiento, recuperó el servicio de agua y de electricidad para proporcionar calefacción a la vivienda, pintó las paredes y cambió las ventanas. Equipó los diferentes espacios con muebles y cortinas, de tal manera que ante la visita de la empleada, con el fin de supervisar la propiedad, esta decidió vivir por un tiempo con su novio en una de las habitaciones del segundo piso.
Poco a poco llegan otros personajes de los que nada se sabe. De todos ellos solo Philip colabora con el arreglo de la casa. Ella es la única que consigue el dinero, robado a su padre, compra los materiales necesarios y le paga a Philip, por las reparaciones, a pesar de que él también viva allí. Los demás ocupantes dicen que las comodidades no les interesan, pero las utilizan y las disfrutan.
Alice también se preocupó por conseguirle empleo a Jim, el único huésped que manifiesta su deseo de trabajar, y por organizar un congreso de su partido, la Unión de Centro Comunista. Su participación en él fue básicamente de proveedora de alimentación y bienestar para los asistentes sin que se percibiera el cuestionamiento político del mismo.
El comportamiento protector y servicial del personaje principal de esta novela, una burguesa hija de un empresario adinerado, con estudios universitarios, no nos muestra un pasado ni una herencia que explique su interés por vincularse con grupos revolucionarios. Pienso que la concepción ideológica que pretende darle Doris Lessing a Alice es más su propia vivencia, puesto que Doris fue hija de un oficial del ejército británico y de una madre estricta que pretendía mostrarse como una gran dama pero sin poder sostener el tren de vida que esa posición exige. A los quince años Doris se fue de su casa y trabajó de niñera y luego como telefonista. Al separarse de su primer esposo, con quien tuvo dos hijos, se unió a un grupo de ideas comunistas. Más tarde se casó con un judío alemán, con quien tuvo otro hijo y del que también se separó. A los treinta y ocho años se fue para el Reino Unido con su hijo pequeño y dejó en Sudáfrica los dos mayores con el padre porque ella no quería desperdiciar su vida cuidando niños. En Londres militó en el partido comunista británico, participó en campañas contra las armas nucleares y criticó severamente el régimen del apartheid sudafricano. La revelación de los crímenes del estalinismo la desilusionaron y abandonó el partido.
La ingenuidad y el servilismo de Alice son desesperantes. Roba dinero para comprar materiales y alimentos y le entrega a Jasper lo que le queda y, además, le pide a él que cobre la cuota que le da el gobierno por estar desempleada. Dinero que él invierte en cerveza, en comida rápida cuando está en la calle y en viajes a otras ciudades. Ella solo espera que él la mire y se conforma con estar a su lado aunque no la tenga en cuenta para nada, incluso acepta un maltrato físico cuando la toma con fuerza de las muñecas. Lo único que quiere es salir con él en las noches a pintar algunas calles y luego dormir en la misma habitación.
Ese comportamiento me hace pensar en las mujeres militantes de las FARC. Muchas ni recuerdan el momento en el que las reclutaron, pero se acostumbraron a vivir en la selva. Son las que cocinan para los guerrilleros y les satisfacen hasta sus necesidades sexuales, pero cuando quedan embarazadas las obligan a abortar. De todas maneras siguen ahí, algunas por amenazas contra ellas o contra su familia. El comportamiento de Alice es todavía más cuestionable, puesto que podría trabajar en su profesión y vivir cómodamente. Su ideología política, si es que la tiene, no implica desorden físico ni desaseo ni mucho menos una actitud indigna ante los hombres de ese grupo.
En 519 páginas escritas en forma lineal, sin divisiones de capítulos, con un narrador omnisciente y muchos diálogos, Doris Lessing nos relata actividades y comportamientos patológicos de diez habitantes de la casa y de algunos vecinos. Dos de ellas son lesbianas y una se intenta suicidar al cortarse las venas. Philip se deja atropellar por un auto y muere en el hospital y otros se van, posiblemente, a recibir entrenamiento en Rusia.
Al final, una de las ocupantes de la casa vecina, que ha ensayado la elaboración de explosivos, decide, con la colaboración de todos, poner una bomba en un hotel del centro de la ciudad. Todos se ubican en lugares estratégicos con el fin de observar las consecuencias. La bomba la instalan en un auto manejado por una de ellas, la huésped que intentó suicidarse días antes, y Jasper, quien se siente un dirigente del grupo. En el momento de estacionar el carro frente a la puerta principal del hotel, él sale rápidamente, pero Faye se queda y muere en la explosión. El resultado es el ambiente que los colombianos hemos observado muchas veces: cuerpos sobre la acera, algunos muertos, otros que intentan sentarse o levantarse, pedazos de metal, de ladrillos, de ventanas, bolsos, objetos personales, sangre… ¿Y todo para qué? ¿Cómo puede un terrorista pensar en el beneficio de sus acciones si lo que está ocasionando es la destrucción y muerte de sus semejantes? Porque los que terminan sufriendo las consecuencias de esas posturas extremistas son los civiles que nada tienen que ver con esa lucha o como sucede con las víctimas de las FARC son los mismos campesinos a quienes hace más de cincuenta años les prometieron que los iban a defender de los grandes terratenientes y de un gobierno inequitativo y corrupto, y ahora es a ellos a los que matan, a los que desplazan de sus viviendas y los obligan a dejar la agricultura para hacinarse en una ciudad que solo les proporciona sufrimiento.
Esta novela, más que el disfrute de su lectura, me generó cuestionamientos de tipo personal, social y político. ¡Cuántas cosas hacen algunas personas por sentirse aceptadas por otro ser humano e incluidas en un determinado grupo! ¡Cuánto daño se hace a un pueblo con la disculpa de defender sus derechos! y ¡cómo desperdician su vida aquellos seres que con un pretexto ideológico dejan pasar su tiempo viviendo como parásitos de una sociedad y generando un caos que solo lleva a malgastar los recursos de un país que tiene que reparar los daños que ellos ocasionan por su mal entendida «lucha política»!  

Norha Stella Mendieta V.
27 de marzo 2014





       1Tomado de la página de Internet «Terrorismo Internacional, la plaga de la época moderna». Marzo 2014.


miércoles, 8 de enero de 2014

El sueño revolucionario



Foto tomada de Internet




Foto tomada de Internet











Publicada en la edición 45° de la revista Cronopio en noviembre de 2013
El sueño revolucionario
Historia de Mayta
Mario Vargas Llosa (1984)
Editorial Seix Barral
346 páginas
Cuando empecé a leer Historia de Mayta asocié, inmediatamente, el estilo de escritura de este libro con el que Mario Vargas Llosa utilizó en su novela Conversación en la catedral (1969) en la que se encuentran párrafos difíciles de leer: cada frase refiere una escena y una anécdota distintas sucedidas en diferentes momentos; se mezclan los diálogos sostenidos en diversas épocas y con variados personajes; con frecuencia, las frases se continúan en otros contextos unidas por la misma palabra, y sin cambiar de párrafo, a línea seguida, cambia la descripción de la situación. El tiempo no corre en forma lineal: se superpone en carreras paralelas que a ratos se cruzan, se entrelazan, se dividen y vuelven a juntarse. Un estilo muy particular pero que al persistir en la lectura, el lector entiende la forma en que el autor expresa los sucesos y así se desarrolla gran interés por conocer la trama y el desenlace.
La Historia de Mayta está escrita en primera persona y, en ocasiones, la voz del narrador se mezcla con la del protagonista y la del escritor. El narrador obtiene toda la información a través de diálogos con los diferentes compañeros de lucha con quienes Mayta, tiempo atrás, se lanzó a crear un partido, el POR (T) para hacer una revolución socialista. De esta manera, confronta opiniones sobre los ideales revolucionarios que tuvieron en esos años y lo que quedó de ellos. El retrato que nos hace de Mayta es detallado al inicio y solo añade pocos datos característicos a lo largo de la novela, manejo que acerca al lector a este personaje y hace que, en algún momento, asociemos vivencias políticas nuestras, de los años 80, con las que se vivieron en el Perú en esa época.
El tema de Historia de Mayta es esencialmente político, que crea un debate acerca de la libertad y termina siendo una historia de fracaso y desesperanza. En todos los escenarios en que el narrador ubica su relato, describe las calles, las casas, las personas y sus sentimientos, sensaciones y emociones, haciendo siempre una comparación entre lo que fueron, veinticinco años antes, y lo que son en los momentos de las entrevistas.
En la Historia de Mayta Vargas Llosa cuenta la vida de un personaje que, con un pequeño grupo de hombres, proyecta y realiza un intento de revolución trotskista en 1958, época de conflictos ideológicos y pasiones políticas, similares a los que se presentaron en la mayor parte de los países latinoamericanos.
En la primera página, el autor nos ubica en una playa de la ciudad de Lima; su descripción es tan detallada y precisa que es fácil imaginar el lugar, sentir la humedad del ambiente y hasta percibir el olor del mar combinado con el de las basuras que encuentra a su paso, mientras corre haciendo su ejercicio matutino. Inmediatamente, introduce el personaje principal de la novela: Mayta, su compañero del colegio Salesiano. Un hombre extremadamente generoso cuya personalidad, al parecer, lo lleva a actuar como un revolucionario idealista y soñador.
El recuerdo cambia el tiempo de la narración: de ese presente nos lleva al pasado, a la época de la preparación para la primera comunión y, con una simple pregunta, nos regresa al presente, cuando han pasado muchos años. El narrador y Alejandro Mayta sostienen una conversación y este cuenta situaciones difíciles por las que tuvo que pasar: frustraciones, equivocaciones, enemistades, persecución política, comisarías, cárceles, clandestinidad, para terminar en el olvido y en el anonimato.
Una parte de la novela se desarrolla en Lima, en sectores deprimidos de la ciudad; contrasta la descripción del barrio y de las calles, en la época en que el narrador fue estudiante, con la actual, veinticinco años después, cuando hace entrevistas para reconstruir un suceso y, con esos datos, escribir su novela mientras le cuenta al lector sobre su trabajo de escritor. Otra parte, la ubica en los Andes peruanos, básicamente en la ciudad de Jauja, en donde se realiza el intento fallido de revolución.
Al terminar de leer la novela uno se pregunta: ¿Mayta existió? ¿Era homosexual realmente o solo en la ficción? ¿Qué tanta verdad tiene el relato? ¿Qué pasó con esos intentos de revolución en Perú y en otros países latinoamericanos?
Con esa inquietud me aventuré a averiguar la realidad y encontré que, estando Mario Vargas Llosa en París, en mayo de 1962, leyó una noticia en Le Monde sobre el primer ensayo de revolución marxista-leninista en Jauja encabezado por un subteniente de la Guardia Republicana, Francisco Vallejos Vidal, el sindicalista Jacinto Rentería y el líder campesino Vicente Mayta Mercado.
Veinte años después, cuando el suceso estaba casi olvidado, Vargas Llosa lo retomó y volvió a la situación de reportero con la que inició su carrera literaria. Buscó toda la información que se había publicado, entrevistó a los sobrevivientes y testigos de la insurrección con el fin de reconstruir la figura del protagonista de la revuelta en Jauja.
Vargas Llosa, en varias de sus obras —¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), El hablador (1987), Elogio de la madrastra (1988), Lituma en los Andes (1993) y Los cuadernos de Rigoberto (1997)—, entre otras, utiliza la técnica de reconstruir la realidad para contarla de nuevo desde la ficción de la literatura. —Como lo dice en la página trescientos veinte de Historia de Mayta: «En una novela siempre hay más mentiras que verdades, una novela no es nunca una historia fiel»—. Expone la vida de Perú con sus correspondientes conflictos de tipo racial, sexual, moral y político, sin disimular sus carencias y con una gran preocupación social. Cuenta la historia de alguien y esa historia se confunde con la vida que él vivió como estudiante, miembro de una familia de clase media, y como político, interesado en cambiar el rumbo de su país, en caso de haber sido elegido presidente.
En este punto, encuentro el gusto por escribir reseñas. Con la idea de hacerlas, mi lectura es más atenta: busco el narrador, el tiempo en que se narra, observo la técnica y el estilo del escritor. Cada novela me genera interés por aspectos distintos: en este caso, la forma de escribir los diálogos, de describir personas y lugares, porque la Historia de Mayta es primero historia y luego lenguaje, aunque también estoy de acuerdo con las palabras de Azorín, que Fernando Vallejo cita en su libro logoi, : «Las lecturas que se hacen para saber, no son, en realidad, lecturas. Las buenas, las fecundas, las placenteras, son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos». Finalmente, la escritura de reseñas me permite conocer, en algunas obras, los hechos que llevaron al autor a escribir su relato.
Y aquí me surgen otras inquietudes: ¿por qué esta novela de Vargas Llosa es tan poco conocida? ¿Por qué las editoriales se encargan de divulgar ciertas obras de un autor y otras no? ¿Qué interés hay en presionar a los lectores, mediante la publicidad, a leer lo que ellos consideran conveniente?

Norha Stella Mendieta V.
4 de septiembre de 2013